woah I didn’t know this :O
(via degaldo)
Por acá, no hay viernes de fiestas, ni lunes de rutinas. Aquí siempre es domingo. Domingos de lluvia, de cuartos oscuros donde las luces de neón trepan por la ventana y hacen sombras de dinosaurios en las paredes. Domingos llenos de mal humor y lágrimas sin sentido, de risas efímeras y pasteles de limón. Son sólo eso: domingos.
Para cuando llegues
Hay que ver las tantas cosas por las que podría echarte la culpa.
Por despertarme cuando enciendas la luz del cuarto cada vez que vayas al baño de madrugada. Por acostumbrarme a cortar la pasta cuando comamos en casa alegando que conmigo pierdes todos tus modales. Por volverme igual de impaciente que tú cuando la cajera del mercado se tarde contando los cesta-tickets que yo conté en su cara.
Es que tú serías culpable de todas mis deudas: la del alquiler para vivir cerca, las de la tarjeta de crédito cada aniversario y las que acumularía por amarte un poco más de la cuenta. ¿A quién más que a ti habría que culpar por esos kilos que perderé? Me da poca hambre cuando me enamoro.
Quisiera culparte por mi humor de oro los viernes por la noche, por hacerme gastar los últimos segundos del plan en el teléfono para que saludes a mi mamá, por dejarme creer que los cabellos en la almohada son tuyos y no míos. Cuánto miedo tengo de quedarme calvo antes de llegar a los 30.
Quiero echarte en cara que las caricias que tengo colgadas en el clóset son para ti. Que aún no me estreno los zapatos que me regaló mi abuela en Navidad esperando que me invites a bailar. Que ya besé, lloré y volví a besar a suficientes ranas. Que no hay nada que me disguste más que la impuntualidad, esa que tanto te sobra y que no entiendo hasta cuándo será lo único que de ti recibiré.
Porque sí, hay tantas cosas por las que podría culparte, pero no lo hago porque ni una de ellas las has cometido. Porque aún no sé quién eres. Porque no has pasado ni siquiera a saludar.
Me muero por hacerte reír con lo incómodo que puedo ser a veces, por contarte la verdadera razón por la que no como pescado, por decirte que todas las palabras tienen acento pero no todas llevan tilde, por mostrarte mi colección de tazas y la cicatriz que tengo en el pecho. Creo que es lo único que me detiene de quitarme la camisa cuando bebo demás.
Ahora que lo pienso, mucho se dice del que se queda, ¿pero quién se acuerda del que espera? Es que ya nadie les dice a las niñas lo lindas que son ni llaman a los tranvías deseo. Pocos se detienen a mirar al cielo y son menos los que se atreven a amar.
Hago todo lo posible para que cuando llegues, quede de mí lo suficiente como para que me quieras. Que aún logre disimular las entradas que heredé de mi papá; que mis dientes no se vuelvan a torcer tras año y medio de ortodoncia, que las caricias no agarren demasiado polvo como para que me den alergia, que aún me queden los zapatos de la abuela y algunos kilos para perder.
Esto parece más una lista de reclamos que una carta de amor. Sin embargo, si Dios puede ser pan y vino, el amor también se puede presentar como le dé la gana: como invento, como reclamo o como excusa. Y podrás culparme tú a mí de precavido, pero así como acumulamos leche y azúcar por si llega a haber escasez, ¿por qué no acumular un poco de amor también?
Además, quién sabe, quizás llegue a leerla frente a un jurado y ahí estés tú, en el público, con ansias de conocerme. Si es así, bien; si no, también. Te regañé por impuntual, pero sé que llegarás justo a tiempo.
Sea como sea que estas palabras te lleguen, sólo me queda una cosa que agregar para que no pienses lo peor de mí: en realidad, no he besado a tantas ranas ni me ha provocado quitarme la camisa en público al beber.
Esperando que llegues para ser siempre tuyo,
Edmundo.
Esta fue la carta que envié al concurso “Cartas de amor” de Montblanc, pero no fue seleccionada. Una razón más para creer que todos queremos de maneras distintas.
Lo que te espera
Yo podría culparte por dejar la luz encendida.
Por esa manía incurable de responder con groserías.
Yo podría culparte de todos mis defectos,
Que tú me vuelves loco y que lo haces sin pensarlo.
También podría culparte de estar sólo en las buenas,
De dejarme cada noche por las luces de la esquina.
Y es que sólo tú serías culpable de mis deudas,
Serían todas por amarte un poco más de la cuenta.
Yo podría olvidarte si de mí dependiera.
Porque todo lo que tú me darías cabría por la puerta.
Pero a la mierda con los reclamos y las exigencias,
Ni siquiera sé quién eres para echarte la culpa.
Te has tardado tanto en llegar a mi vida,
Que por mí ya te mereces cadena perpetua.

Soy de los que espera impaciente que haya un remedio en la farmacia para curarnos de los domingos. Para deshacernos de esta peste que nos ataca una vez a la semana, siempre puntual y carente de remordimiento. Que hace lo que le viene en gana con nosotros para luego arrojarnos al lunes como si fuésemos poca cosa.
Soy de los que espera impaciente morir un sábado, porque lo haré sin rogar querer un día más de vida. Así de mucho te odio, domingo, pero así de mucho también te respeto.
Porque así como no hay cura para ti, tampoco lo hay para el amor. Así que algo de importancia te atribuye la incertidumbre humana. Siempre estás aquí con constancia, a pesar de que ya muchos han dejado la fiesta, y no te vas cuando me ves desmoronarme en pedazos. Que aunque me haces daño, nunca me dejas sin un lunes que me llene de optimismo.
Porque sé que dejaré de vivir para no extrañarte, porque eres tan jodido que seguro todos los días al morir son domingos. Te respeto porque… no tengo de otra.
Some say I’ll be better without you
But they don’t know you like I do
Or at least the sides I thought I knew
I can’t bear this time
It drags on as I lose my mind
Reminded by things I find
Like notes and clothes you left behind
Wake me up, wake me up when all is done
I wont rise until this battle’s won
My dignity’s become undone
He won’t go - Adele.
Te miro irte. Miro como te vas.
Manos calientes, así no más.
Hago mis horas de tu despedida.
Deshago mis huesos. Tus besos, los míos.
Ay, siempre tuyo. Lo que conservo, lo que no gasto.
No sé cuánto queda ya.
Es un adiós sin fe de regresar. Sin ti.
Tú, de manos de calientes. Que te vas, que te miro.
Te miro irte. Grito y no te vuelves.
Susurras, sonríes, suspiras.
Mis manos, frías. Huesos caídos, horas hechas.
No piensas, yo soy retazos en tu cama.
No me extrañarás, pues de mí no queda nada.
En silencio, calladito, te extraño sin haber partido.
Tú, de manos calientes, que de aquí me llevas al irte.
Así no más, miro como te vas. Conmigo. Dejándome atrás.
Que te miro.
Que cagada. Total cuando llega el lunes y te das cuenta que el domingo no fue más que una sentencia de muerte para la diversión. Dicen que todo es alegría y fiesta hasta que alguien pierde un ojo. Pues, yo pierdo dos cada lunes. Que tienes que hacer mil vainas para la universidad y no lo has hecho. Que el trabajo te agobia y no sabes si todo el sacrificio se resumen bien en un cheque de tres dígitos (claramente, no lo hace).
Y no toda desgracia acaba allí: el momento decisivo toma lugar cuando lo más parecido a tu realidad termina siendo una película de Julia Roberts. Cuando tus ojos brillan más de tanto llorar que el halo que le colocan por hora y media a la cara de Roberts para ocultar cualquier señal de vejez. Querer sanar y plantear como única solución comer pasta y rezar hasta dormir.
Porque eso es todo lo que provoca, dormir. Mi abuela dice que ya tendremos tiempo de hacer eso al morir, pero es que sin saberlo la vida se nos volteó: ya dejamos de vivir esperando la muerte, ahora nos la pasamos muertos esperando vivir. Y creo que el problema no es que estemos muertos, es que esperamos, inclusive, sin saber qué.
He estado jugando con la idea de hacer videoblogs desde hace un tiempo atrás, pero no hayaba un tema “de agrado común”. Joder, por eso estoy muerto. Espero vivir por los demás. Empezaré a hacerlo, no por ustedes (por mucho que los quiera), sino por mi. Así que a trabajar, y a buscar un programa de edición que me ponga un halo purificador de cutis.
Que se ajusta a distancia. Se cierra, como una boca. Hasta acabar en el eterno silencio. En el olvido, en el reencuentro a destiempo.